Tiempo fuera o taima.

Baño5

Después de un viaje de 3 días, 3 países diferentes y habernos recorrido los baños públicos de 3 aeropuertos distintos, no me parecía nada descabellado que hiciera acto de presencia alguna infección urinaria, a pesar de todas las toallitas húmedas que invertí limpiando retretes. Así que cuando finalmente estábamos instalados, no me pareció extraño notar que las idas al baño eran más frecuentes de lo normal y que la peque se quejaba de dolor e incomodidad cada vez que hacia pis. De inmediato la llevamos al pediatra y efectivamente tenía una infección. Le recetaron un antibiótico y tema resuelto… ¿o tal vez no?

Justo esa semana ya comenzaba clases en su nuevo colegio, en su nuevo país, y si bien ya había terminado el tratamiento, las idas al baño seguían siendo frecuentes, sobre todo en momentos desafiantes, retadores o simplemente desconocidos para ella.

La maestra notó también desde el primer día que la nena pedía ir al baño más de lo acostumbrado y nos lo hizo saber, así que decidimos llevarla nuevamente al pediatra. Esta vez la encontró muy bien, los exámenes arrojaron resultados negativos pero las visitas al baño continuaban. En una oportunidad nos reunimos con mi prima y su esposo (ellos ya tienen más de 10 años aquí en España así que la nena no los conocía) y fácilmente iría al aseo unas 7 veces en las 2 horas que estuvimos allí. Hasta que consiguió entretenerse con una cortina de estas que llaman lágrimas de San Pedro.

Entonces recordé cómo yo de pequeña, y aun de grande, suelo esconderme en el baño cuando una situación me desborda o incomoda. Es como una especie de oasis en medio de mi propio caos. Noté que mi hija estaba haciendo lo mismo.

Nuestra mudanza de país fue realmente muy fluida y todo ha marchado sobre ruedas, pero ese es solo el punto de vista de nosotros como adultos que tomaron una decisión trascendental.

En todo esto los niños …

no deciden que se van,

no deciden que se mudan,

no deciden que se mueven.

Solo les toca seguir a sus padres y confiar en que serán ellos los que estén tomando la decisión correcta.

Como adultos responsables de nuestra familia necesitamos que las cosas marchen sobre ruedas. Nos echamos el futuro de nuestros hijos a hombros y sabemos que no podemos darnos el lujo de fallar, así que no hay cabida para lamentaciones nostálgicas. Seguir adelante sin mirar atrás era para nosotros lo indicado.

Pero ¿qué pasa con una niña de 3 años que apenas se entera que no verá más a sus amigos del cole, o que los fines de semana con los abuelos no se repetirán quien sabe hasta cuándo?

Para ella es un cambio drástico y quizás doloroso, que no encuentra reflejo en el resto de los miembros de la familia, porque no han tenido tienen tiempo de sentirse tristes o expresar emociones. Me pongo entonces en sus zapatos, tratando de analizar esta conducta desde mi propio punto de vista. Quizás sus pensamientos se parecen a esto:

  • “Si mis padres están felices con todo esto, debe ser que está mal que yo si sienta tristeza, nostalgia o al menos que no esté tan cómoda con tantos cambios…. ¿Qué hago entonces? ¿Escondo mis emociones? que terminan convergiendo y haciéndose evidentes en mi cuerpo.

Quizás esas emociones han tenido que esconderse en algún lugar, quizás también salen a través de su cuerpo en forma de pis…

Como no soy especialista, y me parece un tema importante a explorar, he querido invitar a mi querida Rosario Vasquez, Psicoterapeuta de Familias y dedicada especialmente al tema de migración y multiculturalidad, para que pueda orientarnos un poco en cuanto estas emociones de las que muchas veces como padres no somos conscientes o no permitimos que afloren libremente en nuestros hijos.

He querido entrevistarla, con el propósito de servir de modelo o guía, pues lo que vivimos con nuestra nena o situaciones similares, quizás puedan estar pasando en otras familias.

1.- ¿Es posible realmente que una emoción reprimida pueda converger en el cuerpo?

Cuando no existen explicaciones biológicas para una enfermedad, nos preguntamos por el orígen emocional de los síntomas físicos. Muchas veces el cuerpo “nos hace el favor” de expresar una carga emocional que no ha podido ser simbolizada de otra manera. No se trata de un acto planificado o voluntario, que puede ser “corregido”, sino de una expresión emocional que necesita ser canalizada.

2.- ¿Cómo reconocer una conducta o síntoma físico que pueda estar reflejando una emoción “atrapada” ?

Lo primero es hacer lo que tu hiciste: necesitamos descartar una causa biológica. Aunque existe suficiente evidencia de que mucho síntomas físicos están relacionados con nuestras emociones, la exploración médica es necesaria e insustituible. A partir de allí necesitamos observar el síntoma.

Pero para observar adecuadamente necesitamos “quitarnos los lentes”. Si vemos un síntoma con un juicio de valor (como algo malo, que debemos suprimir), realmente no podemos ver qué nos está tratando de decir nuestro cuerpo. No se trata de convertirnos en psicólogos. Se trata de observar qué ocurre, cuando ocurre y cómo reaccionamos los adultos ante lo que ocurre. El síntoma tiene una función. En el caso que acabamos de leer, por ejemplo, ir al baño ¿te salva?, ¿te evita salir a la calle?, ¿te hace más vulnerable y te permite ser cuidado?. El significado es único de cada persona.

3.- Los adultos solemos minimizar las emociones de los niños con los típicos “no llores” “no pasa nada” todo está bien”. En uno de tus posts propones nombrar las emociones como mecanismos de liberación. ¿Consideras prudente que como padres nos acerquemos a nuestros hijos y les preguntemos como se sienten, aun cuando no sea evidente el sentir?

Preguntar a un niño ¿cómo se siente? A manera de “tarea del buen padre” puede ser casi aburrido.

– “¿Cómo te sientes?”

– “Bien”

*Fin de la conversación*

Si hablamos de emociones como juicios, usando las palabras “bien” o “mal” impedimos la riqueza de la comunicación profunda. Para que esto funcione, necesitamos ampliar nuestro vocabulario emocional, y usarlo con frecuencia y propiedad. Los niños aprenden a nombrar sus emociones por diferentes vías, nombraré tres, no porque sean las únicas, sino porque son muy fáciles de llevar a la práctica si los adultos hacen su parte de la “tarea”:

  1. Nosotros nombramos las nuestras. Con precisión quirúrgica. No hablamos de “me siento bien” , hablamos de alegría, sorpresa, felicidad, orgullo, entusiasmo, regocijo, ilusión… No hablamos de “me siento mal”, hablamos de vergüenza, humillación, decepción, frustración, tristeza, rabia. Hablamos de ello sin la clasificación previa de sentimientos “malos” y “buenos”.
  2. Nosotros los ayudamos a nombrar las suyas, cuando aun no tienen vocabulario emocional suficiente. No se trata de usar el lenguaje como una trampa que los encasille y distorsione su experiencia, sino ayudarlos a describir lo que les ocurre.
  3. Nosotros nombramos sucesos que producen emociones. Lo que se nombra existe, y al existir en nuestra psique podemos hablar de ello. Nombramos los hechos de nuestra cotidianidad y los de la tele, los cuentos y la imaginación. Nombrar: dar nombre, dar existencia, le da “permiso” simbólico a nuestro hijo de hablar de un hecho. ¿Cómo podría un niño hablar de cómo se siente sobre un hecho si ni siquera se nombra ese hecho?, o más allá ¿cómo puede un niño hablar de lo que siente sobre un hecho si los adultos dan por sentado que él/ella debe sentirse de una manera determinada y sentir otra cosa está “mal”, pues hacemos una clasificación previa de sentimientos “malos”. Esos sentimientos menos placenteros tienen una función en nuestra vida, una de ellas es el autoconocimiento.

4.- ¿Es apropiado utilizar alguna herramienta de motivación o recompensa? “Cuando estemos allá te regalo tal cosa o puedes comer tal chuche…”

En principio no se trata de recompensas ni motivaciones. Digamos que se trata en este caso de una transacción: si tu haces____ yo te compro ____ (puedes colocar aquí lo que sea: comida, entradas a parques, ropa, cuentos) .

Esto nos coloca en una posición muy voraz ante nuestro entorno, partiendo de la idea de que sólo con transacciones calmamos la angustia.

“Cuando llegue voy a comer _, voy a comprar_, me van a regalar_ vamos a ir a_”

Todas son formas de mitigar la angustia, utilizando el consumo como analgésico. Sin duda una estrategia que usan muchos adultos para si mismos: “cuando llegue a Madrid me voy a ir de cañas! Cuando llegue a Barcelona voy a ir a un partido en el Camp Nou, Cuando llegue a Alemania me voy a comer una super salchicha!”, pero en general, ninguna de estas formas de consumo calman las angustias profundas que podemos sentir ante la experiencia de comenzar una nueva etapa, separarnos por primera vez de seres queridos, recomenzar profesional y socialmente. Lo mismo pasa con los niños. Estas transacciones distraen, pero no permiten que el niño obtenga la contención que necesita. Y de hecho, cuando repetimos esta estrategia, creamos un patrón de consumo para manejar la angustia: consumo moda, comida, entradas de parques, juguetes…

Además de ser ruinoso, nos impide el contacto con nuestras propias necesidades. Creamos necesidades nuevas y las satisfacemos, en lugar de contactar con las necesidades auténticas y satisfacerlas. Cuando caes en cuenta de esto, con profundidad, te das cuenta que es simple llevarlo a cabo porque los niños están completamente preparados para esto si no distorsionamos sus necesidades auténticas de expresión emocional, contención y crecimiento.

5.- ¿Cuando acudir a un especialista?

Soy de la idea de que todos necesitamos usar nuestros propios recursos para salir adelante de una situación crítica en la vida personal y familiar, pero a veces podríamos sentirnos desbordados y confundidos sobre la forma de proceder. Creo que se necesita ayuda especializada cuando:

  1. Los síntomas de tu hijo dejan de ser pasajeros y se convierten en algo cotidiano.
  2. Los síntomas le impiden hacer una rutina cotidiana adecuada: jugar, ir al cole, dormir, comer…
  3. Observas un síntoma que le hace daño a si mismo o a otros.
  4. El niño manifiesta cambios drásticos en su patron de sueño, alimentación, juego o rendimiento escolar.
  5. Los síntomas generan angustia o ira en los adultos al punto de no poder manejar las emociones propias frente al síntoma del hijo.

6.- Entiendo que la clave está en el proceso de exploración que cada padre deba llevar a cabo en su proceso personal. ¿Cuáles serían las preguntas claves que deberíamos hacernos antes de introducir cambios drásticos en la vida familiar?” es una pregunta muy general… intento responde lo mejor que puedo 🙂

Como mamá me pregunté:

¿qué busco en ese lugar?,

¿qué me preguntara mi hija?,

¿soy capaz de aceptar y acompañar los sentimientos de mi hija ante esta decisión tomada por nosotros como adultos?

¿soy capaz de asumir mi responsabilidad en esta decisión sin usar a mi hija como excusa?

¿estamos mi esposo y yo realmente alineados (como dice Ev @elpoderdeser) como pareja en esta decisión?

Muchísimas gracias Rosario por tu valiosa colaboración. Estas son solo las inquietudes que me surgen desde mi experiencia personal, cualquier duda adicional o pregunta que quieran hacer será bien recibida.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s